En mi juventud la gente no solía presumir de demócrata porque no estaba bien visto pero, desde que desapareció el franquismo, todo el mundo lo es. Diría más, algunos son aún más demócratas que la propia democracia, lo que ya tiene mérito. Eso sí, cada uno lo es a su manera porque tal parece que en la democracia cabe todo.
Da igual el significado real del término. Algunos creen que sólo consiste en votar, no importa qué, cómo, cuándo o porqué. Como si el voto tuviera el poder de convertir en demócratas a los individuos y a las organizaciones, ignorando que en las dictaduras también se vota.
Sin duda es la fe de los conversos. Si ahora toca democracia todos somos demócratas de toda la vida, como si la historia hubiera comenzado el día que cada uno eligió serlo, cosa que para algunos fue el día en que murió Franco, para otros el día de su primera comunión, o el día que se aprobó la Constitución, o el día siguiente del 23F, el de su primera manifestación o el día que ligó por primera vez a la vecina del quinto. En cuestión de gustos ya se sabe …
Estamos tan poco habituados a la libertad que aún no hemos interiorizado el sistema. La tradición pesa mucho y los demonios ancestrales siguen dominando la escena social y política del país de modo que lo que impera es el maniqueísmo más cutre, el que divide a los individuos según sean de los nuestros o de los otros, de los buenos o de los malos, de los “nyerros” o de los “cadells” (1), de los imperiales o de los “botiflers” (2), catalanistas o españolistas. Así, sin matices.
Somos tan simples que aún no hemos aprendido que para formar parte de “unos” es preciso que existan los “otros”, puesto que son ellos los que dan sentido a nuestra opción y, eventualmente, la justifican. ¿Cómo se podría ser de izquierdas si no hubiera nadie de derechas?
No se puede negar que el sistema de bandos es muy práctico (sobre todo cuando se está en posesión de la verdad) pero tiene un problema, y es que las personas somos volubles y cambiamos de manera de pensar o de intereses cuando nos conviene, lo que explica, entre otras muchas cosas, que, una vez muerto Franco, los franquistas supervivientes se recolocaran en todas partes y se repartieran entre todas las fuerzas políticas. ¿O hay alguien tan iluso que cree que con el inefable desaparecieron todos sus partidarios como por ensalmo, o que todos eran de derechas? Por mucho que cueste creerlo, los hay tanto en la derecha como en la izquierda, y también en el catalanismo, desde el más moderado al más radical.
Exactamente igual que ahora hay independentistas que antes no lo eran y que no pocos dejaran de serlo cuando empiece la bronca, como hay demócratas acostumbrados a vivir instalados en la mayoría y que, por aquellas cosas de la vida, han pasado a ser minoritarios y se ven enfrentados a la prueba de su vida. ¿Son realmente demócratas o sólo lo eran cuando su opción era ganadora?
Vamos, que ser demócrata no es tan sencillo como pudiera parecer. Si por democracia se entiende el gobierno del pueblo o de la mayoría, la minoría siempre queda supeditada a la voluntad mayoritaria. Es decir que, si en cualquier organización, asociación, partido político o institución, la minoría tiene la posibilidad de defender su punto de vista y, a pesar de ello, la mayoría decide en un sentido diferente, la voluntad mayoritaria se impone y la minoría la acata. Y si no lo hace, sean cuales sean los motivos o las excusas que dé para no plegarse a la voluntad de la mayoría, actúa contra la regla básica de la democracia y, en puridad, no puede alardear de demócrata si no de todo lo contrario.
Esto es así porque la democracia no es un traje a medida de las conveniencias o los intereses de cada demócrata, sino un sistema para evitar la imposición de la voluntad de la minoría, que es tanto como decir que es el instrumento del que se sirve una comunidad para impedir que la voluntad de uno se imponga a todos, sea un dictador o un tirano. Y para el caso da igual que sea un individuo o su camarilla.